Bachelet y el poder de las preguntas

questionEste domingo, 15 de Diciembre se realiza la segunda vuelta de la elección presidencial en Chile. En esta columna, hablo de porqué vale la pena votar por la candidata de la Nueva Mayoría, Michelle Bachelet.

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Ante la clara posibilidad que Michelle Bachelet gane las próximas elecciones presidenciales, han surgido una serie de preguntas que buscan poner una nota de alerta ante el escenario que se avecina en los próximos cuatro años. Entre estas preguntas, las que más aparecen son las siguientes: ¿será su futuro gobierno capaz de hacer todos los cambios que propone? Por ejemplo, ¿avanzar significativamente hacia la educación pública gratuita y de calidad? ¿Avanzar hacia una nueva constitución? ¿Será capaz de, finalmente, introducir reformas sustanciales al actual sistema de pensiones egoísta que tenemos en Chile? Las expectativas sociales son altas. Y si no se cumplen, la frustraciones sociales aumentarán. Lo que complica el escenario todavía más, nos dicen, es que lo que ella no hizo la primera vez, difícilmente lo hará esta segunda vez.

Estas preguntas aparecen como urgentes y fundamentales. Como si la respuesta a esas interrogantes determinasen el éxito o fracaso de su proyecto político. Pero eso no es así. Para ver porqué no es así, es necesario hacerse otra pregunta anterior, mas fundamental: ¿es realmente necesario responder todas esas preguntas que enumeramos al inicio? La respuesta es “no”.

El éxito del próximo gobierno de Bachelet no debiera medirse según las respuestas que se den a esas preguntas. El éxito del próximo gobierno está desde ya asegurado por el sólo hecho de haberse hecho esas preguntas, o más bien por el sólo hecho de hacer necesarias esas preguntas (por ejemplo, hacer que nos preguntemos si será o no capaz de cumplir con la promesa de una educación universitaria gratuita). En un hipotético gobierno de Matthei, dichas preguntas no vendrían al caso y por lo tanto serían irrelevantes. Y en eso radica la gran diferencia.

El acto de cuestionar es siempre creativo y rupturista (por eso Sócrates fue condenado a muerte en Atenas). Los que buscan perpetuar el sistema no se hacen preguntas rupturistas. O, para ser más claros, se hacen ciertas “preguntas”, pero estas son de carácter técnico (cómo subimos un punto del PIB, dónde entregamos dos bonos por acá, qué reforma hacemos por este lado, y qué una nueva regulación conviene instalar). Sin embargo, estas no son verdaderas preguntas. Manipular datos, números y posiciones dentro de un sistema no es verdadero pensar. Por eso en la derecha no hay gente con capacidad de hacerse preguntas. No se atreven a pensar más allá de lo que hay, de lo que “existe”. Sólo ven una serie de hechos consumados y un estructura ya dada para siempre. A los más, se les ocurre “manipular” datos dentro de esa estructura, pero no pueden contemplar estructuras distintas ya que el requisito ineludible para hacer eso es imaginar y conceptualizar. A su vez, estas nuevas conceptualizaciones son sólo posibles si se hacen preguntas que van al corazón del sistema, al fondo del “asunto” (preguntas que ellos justamente eluden).

Las preguntas más interesantes son siempre las más peligrosas, las que remecen fundaciones. Por eso el poder transformador de las preguntas reside en que estas son siempre pre-requisitos para cualquier cambio que se le quiera hacer a cualquier estructura. Por eso, los que buscan defender y perpetuar el sistema (que se llaman conservadores) siempre desechan y descartan ciertas clases de preguntas. Le hacen el quite a las grandes preguntas fundacionales y transformadoras y las reemplazan por esas “preguntas” inmediatas y calculistas. Las preguntas que se hacen siempre se enmarcan dentro de una estructura y nunca jamás hacen preguntas que cuestionan la estructura en sí. Pero ocurre que, en el fondo, este tipo de pregunta es una “no-pregunta”. Es la ausencia de preguntas. Son preguntas que a veces parecen fundamentales y “peligrosas” pero en gran parte tienden a ser preguntas simples e inocuas. Este tipo de “no-pregunta” está en la esencia del conservadurismo contemporáneo. La “no-pregunta” es la base, la esencia del “pensamiento” que sustenta la candidatura de Evelyn Matthei y de su “sector” porque no está en sus intereses el cuestionar las estructuras sociales y económicas del país. Sin las preguntas fundamentales, no hay cambios ya que es esencial tener la capacidad de “ver”, de “mirar” y de “conceptualizar” el país que se quiere construir antes de construirlo. En este aspecto, entonces, las ideas preceden los cambios.

Bachelet no quiere cambiar el capitalismo. No es una “revolucionaria” que va a poner en jaque las estructuras fundamentales del sistema social que hoy tenemos. Los que buscamos un cambio radical tuvimos nuestras opciones en primera vuelta (Claude, Miranda, Sfeir). Pero en esta segunda vuelta el cambio radical no es una opción. Más bien la opción es entre hacernos ciertas preguntas que permitan visualizar de manera más clara posible los futuros cambios o no hacerse esas preguntas y suponer que todo debe, esencialmente, seguir como está.

Muchos de los que votaron por estos candidatos llamados “radicales” (incluyendo a Enriquez-Ominami) hoy se restan de la opción Bachelet. Se restan porque esta opción, dicen, no busca poner en jaque a todo el sistema. Se restan porque ella ya tuvo su oportunidad y no hizo nada por cambiar estas estructuras. Pero restarse es un error. Fundamentalmente por dos razones.

Primero: El sistema capitalista es, a largo plazo, insostenible. Más allá de la voluntad de un candidato particular, el sistema entero, tarde o temprano, será reemplazado. Algunos, tal vez muchos, no “ven” esto. Tal vez algunos incluso crean que este sistema es el “último” sistema, una culminación del desarrollo humano y nada mejor puede venir (por eso defienden este sistema contra toda otra alternativa). Aquellos que carecen de la capacidad de ver las inherentes contradicciones que radican en el centro del capitalismo, carecen de esa capacidad porque no tienen imaginación y tampoco tienen la capacidad de cuestionarse el mundo en el que viven. Dan por sentado ciertos axiomas que no se debiesen dar por sentado. Por ejemplo: que el crecimiento es la mejor forma para superar la pobreza. O que está bien utilizar a las personas como medios, como herramientas para lograr otros fines superiores. O que el trabajo es esencialmente un medio para sobrevivir, para sustentarse, alimentarse y asegurar el bienestar material (cuando en realidad el trabajo debiese ser concebido como parte esencial del espíritu humano y una actividad destinada a promover el desarrollo de nuestros talentos y vocaciones). O que el lucro es algo valóricamente “neutro” y por lo tanto se debe juzgar por sus resultados más que por el “lucro” en sí. O que la densión (la tensión entre derechos y privilegios) no es un problema. ¿Por qué no se cuestiona todo esto?

Los que no entienden que el capitalismo es un sistema que se puede y debe cambiar basan esa testarudez en una variante de la falacia dada a conocer por David Hume que se conoce como la falacia del “ser y deber ser”. Es decir, creen que dado que la economía “es” como es y que funciona de acuerdo a ciertos principios, entonces la economía “debe” seguir siendo como “es” y debe seguir funcionando de acuerdo con esos principios. Por eso, dicen, no le “debemos” hacer cambios estructurales a la economía. Pero, sobretodo, no se le pueden hacer cambios si no se tiene una propuesta concreta acerca cómo va funcionar la economía que reemplazará la actual. ¿Qué puede reemplazar el capitalismo? Al parecer, nadie lo tiene muy claro. ¿Qué sistema proponemos los que nos oponemos al capitalismo? Al parecer tampoco lo tenemos muy claro. A partir de esta falta de respuestas concretas, desprenden que esas respuestas no existen y que por lo tanto no existen sistemas alternativos al actual. Por eso lo racional, lo cuerdo, lo serio y lo responsable (nos dicen) es apoyar la mantención de las actuales estructuras económicas. La disyuntiva es, pareciera ser, entre estabilidad y certezas por un lado, e incertidumbre y lo desconocido por otro.

Sin embargo, aunque tener claro cómo funcionaría un eventual sistema alternativo es importante, no es un requisito esencial para poder cuestionar y develar las falencias estructurales del actual sistema. No importa tanto si no tenemos las respuestas o las soluciones concretas, específicas y detalladas. Lo que realmente importa es que nos cuestionemos las bases de este sistema. Efectivamente, tenemos que darnos el tiempo de pensar en alternativas, pero esa no es tarea de unos pocos. Esa es tarea de todos. Y en la búsqueda de esas respuestas podemos y debemos experimentar con distintos resultados. Sobretodo a nivel conceptual. Hay que atreverse con las ideas, los principios y los ordenamientos sociales. Y toda esta creatividad se logra de una sola manera: cuestionándose las bases sobre las que está construido este sistema y posteriormente imaginando nuevas formas de organizarnos.

Lo que me lleva a segunda razón de porqué es un error restarse de apoyar a Bachelet. Apoyarla es apoyar la legitimidad de ciertas preguntas, la deseabilidad de ciertas posibilidades. Y eso es positivo, porque es un paso adelante. Apoyar su futuro gobierno no es apoyar, necesariamente, hechos y cambios concretos, sino que es apoyar la instalación de posibilidades que antes no eran posibles (educación gratuita, nueva constitución, cambios radicales al sistema previsional, etc). El éxito del próximo gobierno de Bachelet consiste en que se instalará, en el centro del sistema institucional, las preguntas, las demandas y las esperanzas que grandes sectores de la sociedad ya han instalado en el imaginario colectivo. Más allá de si se hacen o no se hacen esos cambios, al menos las preguntas se han legitimado. Es decir, un futuro gobierno de la Nueva Mayoría hará más posible lo posible. Y en la medida en que de las imposibilidades pasamos a posibilidades que luego son más posibles, entonces vamos caminando firme hacia adelante, hacia el horizonte.

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