Lo que Chile necesita es menos tolerancia, no más.

Mi nueva columna en “Cambio 21” que apareció hace un par de diás habla de la discriminación y la tolerancia. A propósito del crímen de Daniel Zamudio (quien fue asesinado por ser homosexual), mucha gente empezó a decir que en nuestro país tenemos poca tolerancia hacia la diversidad. Y en estos mismos días se debate una nueva ley antidiscriminación en el Congreso Nacional.

El problema es que la tolerancia no es la mejor manera de terminar con la discriminación. Ya lo dijo Slavoj Zizek: ser tolerantes es poner distancia entre nosotros y el Otro. Y esta distancia es siempre un acto violento, pues es una forma de poner barreras entre nosotros, y es una forma de ignorar al Otro. Por eso, yo argumento en mi columna que como país, más que tolerancia lo que necesitamos es conocer al Otro para respetarlo. Un auténtico respeto por el Otro, que es la mejor manera de evitar la discriminación, se logra a través de la conversación, el diálogo y el interés por el Otro. No se logra con más tolerancia.

Para la leer la columna en “Cambio 21”, hagan click aquí.

A continuación más abajo reproduzco la columna por si prefieren leerlo aquí:

A raíz del crimen de Daniel Zamudio y de la tramitación de la Ley Antidiscriminación, se ha puesto de moda hablar de la tolerancia. Según lo que se lee en los medios y según lo que se escucha de boca de todas las personas progresistas de Chile, este país necesita más tolerancia; al parecer la solución para terminar con la discriminación es dejar que el otro pueda ser un “Otro” sin temor a que invadamos su espacio privado o lo juzguemos. La falta de tolerancia hacia la diversidad es lo que hace posible que ocurran crímenes como del que fue víctima Daniel Zamudio.

Pero pedir más tolerancia no es el mejor camino hacia la comprensión y la plena aceptación del “Otro”. Por eso, lo que necesitamos como sociedad no es más tolerancia. Al contario. Necesitamos menos tolerancia. Existen dos razones de porqué apelar a la tolerancia no conduce hacia la plena aceptación del Otro: Primero, la tolerancia es un estado mental que se obtiene a través un proceso esencialmente racional. Es decir, cuando pedimos más tolerancia, lo hacemos esencialmente apelando a razones y argumentos (que suelen ser de carácter éticos). El problema con esto es que la razón y los argumentos tienen sus claros límites. Estos límites dicen relación con las intuiciones éticas que todos tenemos y que—como las intuiciones que son– son inefables y por lo tanto están más allá del poder de la razón. La única manera de apelar y cambiar las intuiciones es a través de los sentimientos y las emociones –cosa que el arte hace mucho mejor que la filosofía.

La segunda razón, y la más poderosa, es que a pesar de que la tolerancia es un llamado a aceptar el “Otro”, es al mismo tiempo un llamado a mantener la distancia con el Otro. El filósofo Eslovaco Slavoj Zizek supo apuntar a este problema con mucha claridad y contundencia cuando dijo que la tolerancia es la exigencia de no invadir el espacio del Otro. Es decir, la tolerancia es la exigencia de mantener la distancia entre nosotros. Tú estas allá; yo estoy acá; no me meto contigo; y los dos nos toleramos.  Pero con esta perspectiva se pierde más de lo que se gana. Esto se debe a que cuando ponemos distancia entre nosotros y el Otro, inevitablemente convertimos a ese Otro en un extraño. Y lo que es extraño no se conoce. Y lo que no se conoce no se puede respetar.

En esto consiste la gran paradoja de la tolerancia y del llamado a ser más tolerantes. Se busca aceptar al Otro mediante el distanciamiento. En un principio, esto puede funcionar. A lo menos puede generar la ilusión de que está funcionando. Pero al primer síntoma de problemas y tensiones sociales, esta careta es lo primero que se desploma. Al haber problemas sociales, y cuando la gente busca culpables, siempre se mira al “Otro”. Siempre se mira a ese que está “allá”, a ese que toleramos mientras las cosas funcionaban relativamente bien pero que nunca conocimos. Puede ser el inmigrante. Puede ser el que profesa otra orientación sexual. Pero siempre es el que estuvo lejos de nosotros, ese que no quisimos conocer.

El verdadero llamado, entonces, no es a tolerar. El llamado es a conocer porque para identificarnos con alguien tenemos que conocerlo. Y para tener un auténtico respeto por algo o alguien, también hay que conocerlo. Conocer sus inquietudes. Sus sueños. Sus esperanzas. Su particular visión del mundo. Conocer su historia. Sus razones. Todo esto no se logra poniendo distancia entre nosotros. Todo esto se logra involucrándonos en la vida del Otro para conversar. Esto posibilita una conexión con el Otro que involucra sentimientos y emociones. Y estas conexiones son las que permiten una auténtica identificación con el Otro—identificación que la razón por si sola nunca puede lograr.

Este llamado a involucrarse con el Otro no implica, de ninguna manera, que uno tenga que estar de acuerdo con los argumentos, las conductas o las visiones de mundo que tenga el Otro. Es probable que disintamos del Otro aún más que antes de conocerlo. Su visión de la historia nos puede parecer mezquina y su opción de vida, pequeña. Pero ese no es el punto. No se trata de conocer al Otro para aceptar o simpatizar con sus posturas. Se trata de conocer al Otro para ver lo distintivamente humano que tiene por el sólo hecho de que es una persona que está aquí y ahora viviendo en este mundo igual que uno. Conocer y apreciar este hecho es el paso más fundamental que podemos dar hacia la plena aceptación del Otro.

Por eso, no nos limitemos a tolerar al Otro. Demos un paso más. Atrevámonos a conocerlo para aceptarlo.

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