Libertad y Reforma Tributaria

El 19 de Mayo, 2014, publiqué una columna donde hablo de la relación entre libertad y angustia. Esencialmente, estos dos conceptos van de la mano. Esto es lo que nos han dicho los existencialistas desde Kierkegaard en adelante. Sin angustia no hay libertad. Y sin libertad, no hay angustia. Por lo tanto todos aquellos que quieren convertir a la angustia en algo “negativo” que debe ser evitado y rechazado están, en el fondo, rechazando la libertad. Si queremos ser libres y exigimos libertad para soñar y forjar un fututro entonces no queda más remedio que aceptar a la angustia como compañera de viaje permanente.

Por eso si las consecuencias de la Reforma Tributaria que se discute en Chile provocan temor, angustia, ansiedad y pánico en algunos, eso es positivo. Muy positivo. Positivo porque demuestra que el futuro está abierto, que está en nuestras manos y que podemos forjar el Chile que queremos. La próxima vez que alguien diga que la Reforma Tributaria es peligrosa porque está llena de incertidumbre, deberíamos responder con un rotundo “sí, está llena de incertidumbre, pero en esa incertidumbre reside su fuerza transformadora. En esa incertidumbre radica su fortaleza y su esperanza. Esa incertidumbre nos demuestra que somos libres. Libres de elegir los destinos que queremos para nuestro país”.

La pueden leer en Cambio 21 pinchando aqui.

En El Quinto Poder pinchando aquí.

En El Ariqueño pinchando aquí.

O a continuación abajo:

La incertidumbre siempre va de la mano de la libertad. Esto es porque al ser libre, al tener libertad para decidir o no decidir el futuro se nos presenta como lo que realmente es: incierto. Y a su vez, esta incertidumbre causa angustia. Es una angustia que sentimos y que surge cada vez que nos enfrentamos al sinfín de posibilidades que el futuro tiene preparado. Ya que es imposible prever con certeza cuáles serán las consecuencias de nuestras decisiones, la angustia aparece como el natural reconocimiento de que nada podemos hacer para asegurar que el futuro se dé tal como lo queremos. Ante el incansable venir del tiempo sólo cabe esperar y estar preparados para recibir y asumir todo lo que ocurra.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con la Reforma Tributaria propuesta por el gobierno de Bachelet? Mucho. Y se lo debemos todo a la derecha chilena. ¿Por qué?

Antes de responder, hay que decir que los beneficios de la reforma tributaria, al menos desde el punto de vista ético, son múltiples. Difícil (no imposible) encontrar alguien o alguna escuela de pensamiento que justifique la inamovilidad de un sistema que, como parte de su esencia misma, genere desigualdad y agrande brechas sociales. Por eso muchos reconocen sin problemas que, a lo menos, ajustes hay que hacer y que es imperativo hacerle correcciones al sistema. Pero a pesar de estas grandes falencias, este sistema es uno que conocemos. Lleva años funcionando. Es familiar. Y la familiaridad tiende a generar comodidad, certeza y seguridad. Pocas cosas hay más inquietantes que lo desconocido. Por eso muchos sentimos inquietud ante el futuro. Porque es desconocido. Y a veces buscamos confort en el pasado. Porque el pasado es conocido (o así parece). Esto lo saben muy bien aquellos que se oponen a esta Reforma. Saben que las personas preferimos evitar la angustia y la ansiedad y que buscamos certezas y seguridad.

 

Sin embargo, y a pesar de los beneficios sociales que implica la redistribución de la riqueza y de la justeza de dicha redistribución, lo que tampoco se puede negar es que las consecuencias directas de la Reforma no se pueden predecir con absoluta certeza. Existe incertidumbre acerca de sus resultados, por cierto. Hay dudas, resquemores y temores. También es cierto. ¿Pero podía ser de otra manera? Imposible, pues nadie puede, después de todo, asegurar con certeza cuáles serán las consecuencias de un acto.

 

Entonces lo que está ocurriendo es que los opositores a la Reforma buscan resaltar la incertidumbre y la poca certeza involucrada en este cambio. Dicen que no sabemos qué va pasar. Que las consecuencias no han sido completamente consideradas. Dicen que van a subir (o podrían subir) las cuentas de luz. Que van a bajar (o podría bajar) las pensiones. Que va aumentar (o podría aumentar) el desempleo. Que van a cerrar (o podrían cerrar) muchas Pymes. Que los inversionistas extranjeros se van a ir del país porque ellos, más que nadie, buscan seguridad y huyen de la incertidumbre. En resumen, juegan con nuestro miedo a lo desconocido. Juegan con el miedo que muchos sentimos ante el siempre desconocido futuro.

 

¿Pero es negativa toda esta angustia? ¿Es esta ansiedad acerca de lo que va a pasar (o podría pasar) algo a lo que le debemos dar la espalda? ¿Deberíamos huir de ella como nos propone la derecha chilena? ¿Deberíamos quedarnos inmóviles aquí donde estamos hasta que tengamos absoluta certeza de qué va ocurrir en el futuro? ¿Deberíamos esperar hasta saber exactamente en qué se gastará cada peso de la Reforma? ¿Hasta saber que nada negativo surgirá a partir de la Reforma?

 

Lo cierto es que no hay nada más inconveniente que darle la espalda a la angustia que provoca el futuro. Negar la presencia de la incertidumbre es negar nuestra propia libertad. Curioso es, por decir lo menos, que quienes más defienden la libertad humana desde la derecha chilena son quienes más se oponen a enfrentar el incierto futuro de frente y con esperanzas y sin temores.

 

Que la Reforma tributaria cause tanta incertidumbre es, por lo tanto, un positivo. Es un positivo para el alma, el espíritu y el imaginario de los chilenos. Si algo bueno hay en todo este proceso es exactamente esa incertidumbre que acompaña la Reforma. Esa incertidumbre nos recuerda a todos nosotros que somos libres. Que somos libres de imaginar el futuro. De cambiar el país. De remodelarlo. Esta incertidumbre nos recuerda que el país es nuestro, que podemos tomar decisiones y cambiar de rumbo. Nos recuerda que Chile no es un ente estático, fosilizado que avanza en piloto automático. Esta incertidumbre muestra que la capacidad de imaginar un Chile distinto, nuevo es real.

Los chilenos estamos mirando al futuro, conscientes de las infinitas posibilidades que nos esperan. Estamos embargados por una ansiedad, una cierta angustia por no saber qué pasará con nuestro país. ¿Alcanzaremos el desarrollo? Nos dicen que estamos cerca. ¿Lo lograremos? ¿Y qué pasa con mi jubilación? ¿Podré jubilar dignamente? ¿Podrán mis hijos educarse sin tener que endeudarse? ¿Llegará el día en que podré caminar por las calles de mi país sin el temor a que me pueden asaltar en cada esquina? ¿Será posible? ¿Será? Pues, claro debería estar, nadie lo sabe. En estos temas sociales, como en todos los temas, las incertidumbres se confunden con las esperanzas, los deseos y las aspiraciones.

 

Todo esto no puede sino ser positivo. Que la derecha chilena nos quiera convencer que todas las incertidumbres y las angustias involucradas con esta Reforma son razones para evitarla sólo demuestra cuanto temor le tienen a la libertad humana, a los sueños y al futuro. Para todos los demás, la incertidumbre involucrada con la Reforma nos recuerda que somos libres. Libres para tomar decisiones, para imaginar nuevos futuros. Libres para decidir que queremos disminuir la desigualdad y la concentración de la riqueza y libres para asumir que, como toda decisión humana, siempre existe la posibilidad de errar el camino. Pero en lo que nunca erraremos es en el ejercicio de nuestro derecho a ser libre.

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