El concepto de “intuición ética”

Wittgenstein

Los que leen mi columna en el diario “El Día” y/o los que me leen aquí en mi blog, se habrán dado cuenta que con cierta frecuencia utilizo el concepto de “intuición ética”. En mi artículo que salió publicado el 12 de Mayo, 2011, explico en qué consiste esta idea.

El punto más importante es que nuestras intuiciones éticas no se pueden cambiar a base de argumentos. De hecho, nuestras intuiciones son tan fuertes y están tan interiorizadas que muchas veces ni siquiera estamos conscientes de ellas. Estas intuiciones operan en nuestro trasfondo de manera “silenciosa”, sin hacerse evidente. Nunca hablamos de ellas. Muchos no sabemos que están allí. Y cuando sabemos que están allí, no siempre tenemos claro cómo o porqué llegaron allí. Tampoco estamos claro cómo operan, pero su importancia es tal, que determinan todas nuestras formas de relacionarnos con el mundo.

Estas intuiciones son el producto de una “vida vivida”. Estas intuiciones le dan sentido a nuestras vidas. Y como tal, no las podemos convertir en “objetos” de estudio o análisis porque, así como ocurre con nuestros sentimientos y emociones, la razón es incapaz de dar cuenta de ellas.

En el plano político, estas intuiciones determinan nuestras inclinaciones por políticas de izquierda o derecha (lo que a grandes rasgos se traduce en Estado benefactor o Estado minimalista). De esto hablo en un poco más de detalle abajo en el artículo. Uno de los puntos importantes a rescatar aquí es que por mucho que discutamos con un oponente político, es extremadamente difícil hacerle cambiar de opinión. No importa cuantos hechos o cuanta lógica utilicemos para respaldar nuestras ideas. Si nuestras intuiciones no concuerdan con las intuiciones de nuestro oponente, es extremadamente difícil convencer al otro. Por eso los debates políticos suelen ser largos. Y por eso casi siempre terminan donde empezaron; el de derecha a la derecha y el de izquierda a la izquierda.

¿Cómo, entonces, cambiar opiniones y posturas políticas? Aquí es donde tenemos que apreciar la importancia del arte. El arte, a diferencia de la filosofía, trabaja justamente con las emociones, los sentimientos y las intuiciones. El arte nos “mueve” de una manera que la filosofía no puede. Y aquí uso la palabra “mover” en un sentido literal, pues el arte tiene la capacidad de hacernos cambiar de opinión política debido a su capacidad de “mover” nuestras emociones, de jugar con ellas y de hacernos ver una situación desde un punto de vista nuevo. A diferencia de argumentos y debates donde uno se “prepara” para enfrentar al otro y para defender la postura propia, cuando estamos en presencia de una obra de arte (música, poesía, cine, literatura, escultura y teatro por mencionar algunas que se me vienen a la mente), nuestro ser está abierto. Frente al arte, como frente a la vida, somos vulnerables. Y allí, en la vulnerabilidad de la vida humana, es donde se mueven todas nuestras intuiciones.

El link al diario “El Día” para los que prefieren leer la versión digital del artículo (segunda página) es:

http://papeldigital.eldia.la/index.php?option=com_flippingbook&book_id=1101&Itemid=1

Y aquí está el artículo:

            Quienes leen mis columnas saben que suelo emplear el concepto de “intuición ética” con cierta regularidad. ¿Pero qué es una “intuición ética”?

La idea de una “intuición ética” es fundamental por dos razones: Uno, todos tenemos intuiciones éticas; es algo común a todos los seres humanos. Dos, nuestras intuiciones éticas informan, posibilitan y sustentan todas nuestras creencias, ideas, razones y formas de relacionarnos con el mundo. Las intuiciones éticas son anteriores a los argumentos y las razones. Ya lo dijo David Hume—la razón es la esclava de las pasiones. Esto significa que cuando, por ejemplo, damos un argumento a favor de una postura moral, no estamos mas que dándole forma lógica a un sentimiento. Actuamos motivados por sentimientos, no por razones.

El punto a rescatar aquí es que por mucho que nos creamos seres esencialmente racionales, la razón no es el principal motivador del actuar humano. Lo que motiva al ser humano a actuar es lo que yo he optado por llamar nuestras “intuiciones eticas”. Estas intuiciones forman parte del “trasfondo” de la existencia humana y son lo que nos permite darle sentido y coherencia a nuestro mundo.

Charles Taylor, Martín Heidegger y Ludwig Wittgenstein, por nombrar a algunos de los mas influyentes filósofos del siglo pasado y de este, se refirieron a aquel “trasfondo” como a algo inescapable, inefable y sine qua non de la existencia humana. Es “El Paradigma” de los paradigmas. Es el lugar donde estamos parados, es lo que determina nuestro horizonte, es el lugar que hace posible visualizar y pensar las múltiples formas de ordenar, estructurar y darle sentido a nuestro mundo.

Como es el lugar que hace posible la visualización de todas las posibilidades humanas, ese trasfondo es el que determina todas las filosofías políticas. Detrás de nuestro argumento a favor de un Estado benefactor existe una visión del ser humano que nos ve como esencialmente conectados y dependientes los unos de los otros. La intuición ética que motiva a los simpatizantes de izquierda nos hace “sentir” que tenemos obligaciones morales hacia los mas pobres, los débiles, los necesitados y que se extiende hacia todos los miembros de nuestra sociedad.

Detrás de los argumentos a favor de un Estado pequeño y minimalista existe una visión del ser humano que nos ve como desconectados, individualistas y atomizados. La intuición ética que motiva a los simpatizantes de derecha los hace “sentir” que nuestras obligaciones hacia los demás son mínimas, muchas veces optativas y casi siempre impuestas por la fuerza (por eso no son partidarios de los impuestos como una herramienta redistributiva de la riqueza).

Dado que estas intuiciones pertenecen a aquel trasfondo inefable al que me acabo de referir, no tiene sentido hablar de ellas con mucha profundidad. Podremos mencionarlas (como acabo de hacer) e incluso dialogar acerca de ellas, pero lo que no se puede hacer es hacerlas evidentes, convertirlas en “objetos” de discusión o cambiarlas a base de hechos o argumentos. Al contrario, los “hechos” y “argumentos” que se dan para defender las respectivas posturas políticas siempre se acomodan y se adaptan a las intuiciones éticas que ya tenemos.

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